Praxis ecofeministas y conflictos socioambientales en torno a la megaminería Reflexiones a partir de la resistencia a la explotación el Cerro Famatina (La Rioja, Argentina)

Praxis ecofeministas y conflictos socioambientales en torno a la megaminería

 

Reflexiones a partir de la resistencia a la explotación el Cerro Famatina (La Rioja, Argentina) [1]

 

 

 

Mariana Sola Álvarez

 

Investigadora docente, Área de Sociología, Instituto de Ciencias, Universidad Nacional de General Sarmiento

 

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Resumen:

Desde fines del siglo pasado, en América Latina, se observa una intensificación de las actividades extractivas; la proliferación de proyectos mineros es particularmente notoria en el caso de los metales preciosos. Una creciente conflictividad acompaña el desarrollo de la megaminería y en los procesos de movilización que se registran en la región, se observa que las mujeres ocupan un lugar de alta relevancia y protagonismo en la trama organizativa. En este artículo, apelando a los aportes analíticos de la ecología política feminista y del ecofeminismo crítico, nos propusimos indagar en lo que definimos como “praxis ecofeministas” y su vinculación con las resistencias a la actividad extractiva. A partir del análisis del conflicto que acontece en el Valle de Famatina advertimos que la identificación con las causas del movimiento feminista no resulta un punto de partida para la mayor parte de las mujeres que participan de las resistencias. No obstante, diversos procesos colaboraron en la configuración de nuevas identidades colectivas que articulan la defensa del territorio con el cuestionamiento a las relaciones patriarcales.

 

Palabras clave: neoextractivismo, conflictos socioambientales, open pit mining, defensa del territorio, ecofeminismo, Valle de Famatina, La Rioja

 

 

Ecofeminist praxis and socioenvironmental conflicts around mega-mining

 

Reflections from the resistance to the exploitation of Cerro Famatina (La Rioja, Argentina).

 

 

 

Abstract:

Since the end of the twentieth century, in Latin America, extractive activities have intensified; the proliferation of projects is particularly remarkable regarding precious metals. The process has been accompanied by the growing number of mining conflicts and in the mobilization that are registered in the region, it is observed that women occupy a place of high relevance and leadership in the organizational plot of resistance. Consequently, appealing to the analytical contributions of feminist political ecology and critical ecofeminism we set out to investigate what we define as ecofeminist praxis. Finally, we conclude that even though identification with the causes of the feminist movement is not a starting point for most of the women who participate in resistances, different processes collaborated on the configuration of new collective identities that articulate territorial defense with the questioning of patriarchal relations.

 

Key words: neoextractivismo, socioenvironmental conflicts, minería a cielo abierto, territorial defense, ecofeminism, Valle de Famatina, La Rioja

 

 

 

Introducción

El desarrollo de la explotación minera metalífera a gran escala,[2] proceso que se inició en Argentina hacia fines de la década de los 90, se tradujo en la sucesiva puesta en marcha de megaproyectos, y fundamentalmente, en la realización de tareas de exploración en distintas provincias del país.[3] Desde entonces, la minería orientada a la extracción de oro, cobre y plata, entre otros minerales, se despliega a partir de un marco legal flexible y favorable a las corporaciones lo que la constituyó en una actividad con un gran dinamismo en lo que hace a las inversiones extranjeras directas y a las exportaciones (Álvarez Huwiller, 2017 y Bottaro y Sola Álvarez, 2018).

 

Las concesiones mineras asignadas a empresas transnacionales por los ejecutivos provinciales involucraron a zonas rurales, áreas protegidas, pueblos y ciudades (Svampa y Sola Álvarez, 2010). De esta forma, territorios que habían permanecido marginales y ciudades que no presentaban una centralidad manifiesta fueron, en esta etapa de la globalización neoliberal, incorporadas al mapa de la geografía de la extracción (Sassen, 2015). Sin embargo, los proyectos mineros que fueron promovidos en alianza con los gobiernos subnacionales fueron encontrando, a lo largo del país, diversas experiencias de organización que, articuladas en “defensa del agua y la vida”, se opusieron al avance de la frontera extractiva. Las resistencias sociales se hicieron presentes en territorios donde los proyectos mineros transitaban la fase de explotación y en aquellos en los que, existiendo proyectos de exploración, la movilización social impidió su puesta en marcha[4].

 

En este trabajo nos centramos en el análisis del conflicto que acontece en el Valle de Famatina (provincia de La Rioja) suscitado a partir de diversos intentos de explotación minera a gran escala en el sistema serrano que provee de agua a las poblaciones rurales y urbanas de la región[5]. De un modo especial, nos interesa preguntarnos si el protagonismo de las mujeres tiene una particular intensidad en este territorio e indagar en qué medida esta singularidad se mantiene constante durante el desarrollo del conflicto que se originó en el año 2006 y continúa vigente.

 

Adoptamos una perspectiva de análisis ecofeminista que permite problematizar las valoraciones instrumentales y mercantilistas de la naturaleza propias de la matriz patriarcal (Herrero, 2013 y Svampa, 2016) en las que se sustenta la gran minería. En términos metodológicos, para llevar adelante la investigación, recurrimos a estrategias cualitativas. Se realizaron entrevistas en profundidad y observación participante y no participante. Se analizaron fuentes secundarias, se utilizaron estadísticas disponibles en diferentes organismos públicos nacionales y provinciales, material proveniente de medios periodísticos de alcance nacional, provincial y local, así como a documentación sistematizada por las asambleas y otros actores sociales.Se consultaron diferentes materiales audiovisuales, entre los que se destacan los elaborados por medios de prensa alternativos. Otras fuentes de información relevante fueron los sitios web y listas de correo en los que las organizaciones sociales publican sus comunicados.

 

Neoextractivismo, violencias y feminismos territoriales

La presencia de feminismos populares (Korol, 2016), feminismos del sur (Svampa, 2016) o territoriales (Ulloa, 2016) en diversos escenarios de conflicto asociados al neoextractivismo, es una tendencia pronunciada en América Latina. Sean mujeres campesinas o de pueblos originarios -que históricamente expresaron sus reivindicaciones sobre tierras ancestrales- sean mujeres urbanas que se enfrentan a nuevas formas de extractivismo, se trata de mujeres que resisten a la mercantilización y sobreexplotación de los territorios y dan lugar a procesos de lucha en los que buscan defender y recrear las diversas formas de existir (Federici, Navarro y Gutiérrez, 2018).

 

Las prácticas violatorias de los derechos humanos en las que se sustenta el neoextractivismo, así como no recaen del mismo modo sobre todos los territorios que presentan “potencial geológico”, tampoco lo hacen de forma homogénea sobre los cuerpos anclados en ellos, siendo que las mujeres se ven particularmente afectadas. En particular, la violencia que acompaña el despliegue de la minería a gran escala es un rasgo constitutivo del fenómeno que tiene un impacto específico en las mujeres ya sea por las consecuencias que les trae aparejado su involucramiento en las resistencias o porque el ejercicio de la actividad extractiva implica una profundización de las relaciones patriarcales. Asociado a esto último, se presentan mayores niveles de explotación sexual y violencia de género intrafamiliar.[6]

 

Los escenarios presentan matices y el panorama es altamente complejo en ciertos países latinoamericanos donde los conflictos socioambientales transcurren en contextos marcados por altos niveles de violencia. Es un dato insoslayable que la minería en vastas regiones se sostiene apelando a prácticas violatorias de participación ciudadana, derechos humanos y territoriales que se hacen presentes en la etapa previa a la implantación del megaproyecto y se extienden más allá de la vida útil de la explotación.[7]

 

La obturación sistemática de mecanismos participativos tales como el acceso a la información pública y el llamado a consultas, junto con la censura en los medios de comunicación se combina con el hostigamiento, la judicialización y criminalización de quienes participan de la protesta. En ocasiones, supone desde actos de agresión física, desplazamientos forzosos y asesinatos de dirigentes de organizaciones cometidos por fuerzas policiales, privadas o paramilitares. Los nombres de las mujeres víctimas de la violencia extractivista no hacen más que elevarse año tras año. Dolorosamente, sus experiencias ponen de manifiesto que el protagonismo femenino se ha logrado enfrentando entornos particularmente agresivos.

 

La repercusión de diversos tipos de violencia en las vidas de individuos, familias y comunidades a través del tiempo no impidió que se sostuvieran redes que le otorgan centralidad al cuidado de los cuerpos y los territorios. En estos entramados comunitarios se rechaza al modelo neoextractivista que supone dominio, control y explotación como forma de construcción y afirmación identitaria y se postula una matriz de relacionamiento diametralmente opuesta con la naturaleza en general y entre los sujetos sociales en particular y (Machado Araoz, 2017).

 

En el marco de los procesos de resistencia, en diversos territorios latinoamericanos, se conformaron colectivos y organizaciones integrados por mujeres congregadas a partir de la crítica a un modelo de desarrollo definido como patriarcal, androcéntrico y antropocéntrico. Estas experiencias nutren un ecofeminismo de base territorial que se expande en la región. Sin embargo, con frecuencia, las mujeres que se convocan a partir de un conflicto socioambiental, no suelen hacerlo en torno a una crítica a las relaciones asimétricas entre los géneros. Tampoco optan por denominarse feministas, aunque en el devenir de los conflictos que suelen ser de largo aliento, se problematicen cuestiones asociadas al poder en sus diferentes manifestaciones.

 

Las mujeres del Valle de Famatina en la resistencia a la megaminería

En el conflicto por el arribo de la megaminería al Valle de Famatina, la presencia mayoritaria de mujeres fue un rasgo llamativo desde los inicios del conflicto, no sólo en términos cuantitativos. Las primeras en reunirse e informarse, en emitir las alertas, en activar los vínculos familiares y convocar a las comunidades, en organizar y garantizar los cortes de ruta, en irrumpir en actos políticos –escenario que en la provincia suelen tener una preponderancia masculina– fueron mujeres provenientes de las localidades de Chilecito y Famatina. El protagonismo se observa tanto en la coordinación y ejecución de acciones directas como en la conformación y divulgación de un “saber experto crítico e independiente” asociado a la actividad cuestionada (Bottaro y Sola Álvarez, 2016).

 

En este conflicto en particular, la adopción de la forma organizativa asamblearia, signada por la tendencia a la horizontalidad, favoreció el rol que las mujeres desempeñaron en el conflicto.[8] La configuración de las asambleas socioambientales como actores centrales permitió evadir la dinámica que se desprende de las características de la matriz económica y sociopolítica de la provincia[9] y, por supuesto, evitó lidiar con la preponderancia de vínculos masculinos típicos de los actores tradicionales de estas esferas.

 

No obstante, durante el desarrollo del conflicto, difamaciones en los medios de comunicación, detenciones, judicializaciones fueron especialmente dirigidas hacia las mujeres. Esto no amedrentó su participación que involucró como acción destacada, el sostenimiento del corte de ruta en Peñas Negras[10] y la interrupción del paso de camiones con maquinaria o insumos vinculados a la actividad minera en las rutas que conducen a las provincias de San Juan y Catamarca. Asimismo, procuraron impedir que autoridades provinciales del área minera transitaran el camino hacia donde se proyectaban las exploraciones. Como consecuencia, fueron destinatarias de violencia física y verbal a la vez que varias de ellas fueron denunciadas, detenidas y procesada.[11]

 

En no pocas ocasiones, la utilización del término ambientalista por parte de funcionarios de los gobiernos, de las empresas y de otros grupos de interés conllevó una carga estigmatizante. Junto con esta denominación circularon en los discursos otras referencias asociadas, precisamente, a la condición de género. Así, en palabras del gobernador, “la mayoría de las mujeres que forman parte del movimiento son "buenas chicas" pero "algo trastornadas" (La Nación, 29/01/12). Situarlas por fuera de la racionalidad fue una estrategia que se repitió en diversas circunstancias. La identificación de las mujeres con lo irracional se complementó con la asociación a la imagen de las brujas. La noción resuena especialmente en el valle de Famatina donde la tradición asegura que Famatina es un afamado centro de prácticas de brujería.[12] Las mujeres del movimiento, lejos de renegar de este calificativo, lo asumieron y reeditaron en sus acciones:

 

desde la Casa de Gobierno se ha acusado a Carina Díaz Moreno, Lucy Avila, Paula Dávila, Gabriela Romano y demás cabezas femeninas de la resistencia de practicar la brujería (…). Conscientes de la potencia de la acusación, las damas respondieron de acuerdo a la mala fama que se les pretende endilgar y arrojaron muñequitos vudú al patio de la gobernación. Los muñecos tenían el cuerpo aguijoneado con alfileres y entre los pinchazos asomaba la inconfundible cara de Beder Herrera. "Los policías no sabían cómo retirarlos del patio, porque creían que les iban a traer mala suerte", dice ahora Gabriela, entre risas.” (La Nación, 29/01/12).

 

Es preciso subrayar que las docentes de diferentes niveles del sistema educativo desempeñaron un papel muy importante, tanto en la divulgación de la información como en la realización de acciones directas. Esto generó que cuando empleados de la Dirección de Minería fueron enviados a dar "charlas educativas" sobre minería a las escuelas, se encontraron con un público informado; asimismo, las donaciones enviadas desde la Dirección de Minería provincial, fueron rechazadas por docentes, estudiantes y familias.

 

Al mismo tiempo, diversas intervenciones tendientes a silenciar las posiciones críticas y su difusión se ejercieron sobre el ámbito educativo. Desde el gobierno provincial se prohibió la distribución de manuales escolares que presentaban una mirada crítica sobre las actividades extractivas. La publicación estaba destinada al nivel medio y había sido editadas por el Ministerio de Educación de la Nación en el año 2011. Claramente se trataba de una herramienta pedagógica que legitimaba los argumentos de las asambleas y que hubiera brindado elementos para el debate social proclamado por los actores promotores del modelo minero.

 

El dispar protagonismo de las mujeres en el desarrollo del conflicto

A partir del análisis del desarrollo del conflicto, podemos afirmar que la visibilización de las mujeres como sujeto político no es una constante, sino que tuvo una mayor expresión en aquellos escenarios en los que los actores tradicionales se mantuvieron por fuera de la contienda. En otras palabras, en aquellas etapas en las que las organizaciones sociales previamente existentes no se sumaron al conflicto o lo hicieron tímidamente, fueron las asambleas de vecinas y vecinos quienes llevaron adelante la resistencia. Esto habilitó a que fueran las mujeres quienes, por fuera de las instituciones tradicionales y verticales, pudieran asumir importantes niveles de participación en la escena pública, enfrentando al gobierno provincial que se erigió como promotor de la megaminería.

 

Por el contrario, en otras fases del mismo conflicto, cuando fueron los partidos políticos, los sindicatos, las asociaciones de productores, las autoridades eclesiales, quienes tuvieron mayor presencia, las primeras voces no fueron las de las mujeres movilizadas. Les reservaron, en cambio, un segundo plano y asignaron un lugar preponderante a figuras representantes de diversas instituciones: el cura, el intendente, el dirigente del partido político opositor, el presidente de la cooperativa.

 

Es preciso puntualizar que el posicionamiento de las asambleas con relación a los actores tradicionales no fue uniforme en los diferentes colectivos que se conformaron. Es así que mientras que algunas asambleas en el devenir del conflicto decidieron una apertura a la dinámica político-partidaria, otras profundizaron sus rasgos autonomistas. Entre las primeras, hubo incluso algunas referentes que se postularon como candidatas a cargos legislativos.[13] Asimismo, en el marco del conflicto minero, hubo mujeres que detentando cargos de poder y ocupando espacios de representación fueron promotoras del modelo minero.[14] Esto evita suponer a priori la vocación de las mujeres por “proteger” la naturaleza e identificar en ellas una posición o liderazgo “natural” en las acciones de conservación ambiental.

 

Las praxis ecofeministas en el conflicto de Famatina

En la experiencia de las asambleas contra la minería en La Rioja, la identificación con los postulados feministas no fue la causa que convocó a las mujeres a sumarse a la resistencia, como tampoco lo fue el ambientalismo. No obstante, en el proceso de lucha fueron convergiendo en praxis ecofeministas sin que, en principio, ocupará un lugar central el cuestionamiento a las relaciones patriarcales ni se diera origen a organizaciones conformadas desde la perspectiva de género. En otras palabras, si bien se observaron elementos propios de los feminismos territoriales, en términos colectivos no se expresaron consignas feministas ni se registraba un marcado discurso antipatriarcal aun cuando en el devenir del movimiento se fue produciendo un proceso de politización.

 

En cambio, en el marco del conflicto, las mujeres llevan adelante praxis ecofeministas que son ejercidas en la propia vida cotidiana a partir de asumir una actitud defensiva hacia el territorio y, en ocasiones, proponiendo proyectos alternativos a la sobreexplotación de la naturaleza, A partir del concepto de praxis[15] que desarrolla Paula Núñez (2011) proponemos pensar las praxis ecofeministas como aquellas acciones que de manera explícita se orientan a postular formas no mercantiles de relacionamiento con la naturaleza y a resguardar el metabolismo ecosocioterritorial, problematizando y denunciando modos de vinculación que suponen un ejercicio de dominio sobre los seres no humanos. Entre las características que presentan las praxis ecofeministas se encuentra el hecho de estar ancladas en un territorio particular con una trayectoria propia en la que se inscribe la memoria de diversos conflictos.

 

En el Valle de Famatina, las mujeres ante el arribo de la megaminería, asumieron la responsabilidad de defender el Cerro y proteger al territorio a la vez que reeditaron la tradición de resistencia que invita a derribar los “hechos consumados”[16] y legarla como un bien a las futuras generaciones evitando su transmisión de manera acrítica. En este sentido, la defensa de estos territorios conllevó a un “ejercicio de memoria” que resignifica los procesos y los lugares. De esta forma, la herencia que las mujeres buscan dejarle a sus hijos e hijas, es el valor de la lucha en “defensa de la vida” que tal como señala Verónica Gago es la vida “arraigada a los espacios, los tiempos, los cuerpos y las combinaciones concretas en las que esa vida se despliega, se hace posible, se hace digna, se hace vivible. Vida significa una clave vital: envuelve a la vez defensa y resguardo de lo común y producción y ampliación de riqueza compartida (Gago, 2019:98).

 

La defensa de bienes comunes presenta antecedentes inmediatos en la región, entre los que se destaca la lucha por el derecho a la educación que había reunido a muchas de las integrantes de las asambleas socioambientales. En este nuevo contexto, el territorio marcado por la presencia del Cerro y definido como sostenedor y posibilitador de la reproducción de la vida en el Valle es el motor del conflicto. En ese pasaje, se recuperan trayectorias a la vez que surgen nuevas militancias. Entre las mujeres referentes de las asambleas se observa que varias de ellas tenían experiencias previas de participación social, de menor intensidad quizás al grado de involucramiento que asumieron en el conflicto por el arribo de la megaminería, pero contaban con un bagaje de saberes y capacidades que facilitaron los procesos de organización y los aprendizajes en torno a la cuestión socioambiental.

 

A diferencia de otros territorios, es preciso señalar que, en el transcurso del conflicto, las mujeres no apelaron a la figura maternal (o no al menos en términos tradicionales), incluso en ocasiones, pareciera haberse presentado una cierta tensión entre sus actividades como asambleístas y sus roles familiares. Las exigencias que representan las tareas de cuidado para las mujeres las colocó frente a diversos dilemas, entre otras cuestiones, asociados al tiempo destinado a sus hijos, nietos y parejas y la dedicación que les insumió llevar adelante la participación en el conflicto. Sin embargo, el grado de cuestionamiento hacia las valoraciones instrumentales y mercantilistas de la naturaleza propias de la megaminería las impulsó a comprometerse en el rechazo al neoextractivismo debido a los riesgos que identificaron para el territorio.

 

En este sentido, la decisión de movilizarse frente a lo que se percibe como una amenaza a las formas de vida se vincula con el papel que las mujeres desempeñan para sostener la reproducción de sus familias y sus comunidades. Es por ello que, las praxis ecofeministas se configuran en torno a la percepción y atribución de los riesgos desde registros locales, propios del territorio. Para las mujeres de Famatina, los riesgos que representa un proyecto megaminero son de diverso tipo, aunque la mayor preocupación está centrada en la provisión del agua para la región. También se destacan, entre otros, los riesgos sociosanitarios asociados a la contaminación del agua y del aire y a la posibilidad de que acontezcan derrames tal como sucedió en proyectos de provincias vecinas; se registran también riesgos económicos, fundamentalmente derivados de la competencia por el agua y del posible cambio de perfil productivo. La intromisión de las empresas mineras en la vida de las comunidades y la conexión que existe, al igual que sucede con la ruta de la soja y del petróleo, entre las explotaciones y la prostitución también genera preocupación en las mujeres movilizadas.

 

Frente a los discursos promineros que niegan los riesgos y aluden a la “minería sustentable”, las mujeres se posicionaron con claridad y firmeza en una arena de conflicto marcada por la asimetría de poder. Esto supuso la intervención en el espacio público e implicó –entre otras cuestiones– “poner el cuerpo” en las acciones directas, en las tareas de divulgación de información y frente a los medios de comunicación. En este sentido, las integrantes de las asambleas alcanzaron un importante nivel de exposición que fue respondido desde las autoridades provinciales con declaraciones tendientes a desprestigiarlas y con acciones violentas por parte de las fuerzas policiales. Estas situaciones provocaron que las mujeres atravesaran importantes vivencias colectivas y también personales. Adicionalmente, los repetidos viajes para acompañar a otras asambleas en diversos territorios, la participación en reuniones, congresos y variados eventos tanto en diversas provincias del país como del exterior, les brindó, en términos individuales a algunas de ellas, la posibilidad de sociabilizar y forjar lazos con miembros de movimientos.

 

Diversas investigaciones advierten sobre la resonancia del involucramiento de las mujeres en el plano personal y permiten inferir que las praxis ecofeministas conllevan a una problematización que excede el conflicto puntual que dio origen a la movilización. Por su parte, Alice Poma (2019) sostiene que “la intensidad emocional de las resistencias contra proyectos que ponen en riesgo la misma existencia de las comunidades locales (…) hace que estas experiencias de lucha se conviertan en un motor de cambio personal y social” (2019:104). En un sentido similar, Marisa Bilder afirma que las mujeres oponiéndose a la instalación de las mineras, inician un proceso de reelaboración de ideas, creencias y valores que podría ser pensado también como un “proceso de empoderamiento” en el que “se reconstituyen como sujetos políticos en pleno ejercicio de su ciudadanía y abren nuevos canales para la definición y/o transformación de los significados en torno al género, las relaciones sociedad-naturaleza y los modelos de desarrollo” (2013:11). Como destaca María Comelli (2011), la participación en los conflictos tiene fuertes implicancias sobre las identidades de género en tanto tensiona, deconstruye y construye una trama de roles, capacidades, responsabilidades, prácticas y, fundamentalmente, derechos vinculados a las mujeres en el campo de la ciudadanía.

 

Tomando la perspectiva de las autoras mencionadas, podríamos argumentar que las praxis ecofeministas en tanto experiencias colectivas inciden en términos subjetivos generando cambios en diversos ámbitos de la vida cotidiana y colaboran a cuestionar y modificar relaciones de autoritarismo y desigualdad de género. No obstante, sería erróneo referir de un modo homogeneizante a las mujeres que participaron del conflicto y se requeriría de un trabajo específico que indague en ese proceso.

 

Por último, las praxis ecofeministas –a pesar de desenvolverse en un contexto de gran asimetría entre actores– constituyen una alerta frente al proceso de mercantilización de la naturaleza y representan un obstáculo para que el neoextractivismo continúe profundizándose. A la vez, al ensayar formas de organización impulsadas mayoritariamente por mujeres sientan las bases para problematizar las formas de participación y reproducción del poder en los territorios. Paralelamente, colaboran en la elaboración de nuevas narrativas capaces de incorporar al discurso público “conceptos horizonte” al debate sociopolítico (Núñez, 2011, Svampa, 2016). Las referencias de las asambleístas al Cerro Famatina como un “ser sintiente” y su llamado a cuidar y respetar al Cerro como un sujeto con entidad propia pueden inscribirse en un nuevo marco de legibilidad que difiere sustancialmente de los postulados patriarcales.

 

Las resonancias locales de la expansión de los feminismos

Las experiencias de organizaciones ecofeministas de Ecuador, Méjico, Colombia, Guatemala, Honduras que articulan luchas ambientales y feminismo con las diversas cosmovisiones indígenas de la Abya Yala (Gargallo, 2012) recorren la región posibilitando vincular las resistencias al neoextractivismo con los feminismos territoriales. Sus influencias resuenan en Argentina, donde este proceso converge con diversos sucesos que marcaron un punto de inflexión en el movimiento de mujeres a partir del 2015 cuando movilizaciones masivas de carácter feminista plantearon antiguas y nuevas demandas y dieron lugar a la configuración del movimiento Ni Una Menos. La amplia adhesión de mujeres organizadas y no organizadas a los Paros Internacionales de Mujeres en 2017 y 2018, junto con las protestas espontáneas que tuvieron lugar para denunciar los femicidios aglutinaron, a su vez, a un conjunto de organizaciones que expresaron consignas precisas e interpelaron a diversos actores.

 

El Movimiento Ni una Menos asumió una importante masividad e instaló el feminismo en la agenda social. En este contexto, y de un modo particular en el año 2018, la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, que tiene su origen en los Encuentros Nacionales de Mujeres, alcanzó un importantísimo nivel de difusión involucrando a la mayor parte de las instituciones sociales. En la misma convergieron pioneras en la lucha por el aborto legal, militantes históricas feministas, personalidades de diversos ámbitos, organizaciones de diferente tipo y, fundamentalmente, adolescentes y jóvenes.

 

El proceso se visibiliza en los grandes centros urbanos, pero no se circunscribe a ellos. En el caso del Valle de Famatina, entre otras reconfiguraciones de los actores que participan del conflicto se encuentra la presencia de nuevas identidades colectivas que articulan la defensa del territorio con la perspectiva del feminismo interpretando que “el patriarcado y la destrucción de los elementos de la naturaleza son parte de un mismo sistema de pensamiento y dominación” (Federici, Navarro y Gutiérrez, 2018:121).

 

En particular, el surgimiento de los colectivos “Mujeres Defensoras del agua del Famatina” y “Salamanqueras del Valle de Famatina” permite remitir a nuevas experiencias donde el entrelazamiento entre los posicionamientos feministas y la defensa del territorio se presenta claramente definido. En ambos casos, se trata de grupos conformados por algunas integrantes históricas de las asambleas a la vez que se suman mujeres que no habían participado activamente en el conflicto. En su presentación, las Salamanqueras enuncian “Somos mujeres anudadas en sueños, en lucha, en resistencia, en afectos. Somos mujeres-cuerpo, mujeres-territorio y mujeres-movimiento andando con la Pacha” (Fuente: https://www.facebook.com/salamanqueras/ ).

 

En otro plano, la problematización del extractivismo minero también se hizo explícita en diferentes espacios propios del movimiento de mujeres, trascendiendo la escala local, en la que suele encapsularse el debate. Así, en los Encuentros Nacionales de Mujeres que se realizan anualmente, los talleres vinculados a la cuestión ambiental fueron asumiendo un lugar importante. Las declaraciones allí elaboradas recuperan reflexiones y denuncias:

 

Alzamos las voces por todas aquellas mujeres que han sufrido femicidios ambientales y empresariales, que están siendo asesinadas y perseguidas sistemáticamente, todas las mujeres indígenas, campesinas, estudiantes, trabajadoras. Mujeres que proponen una lucha integral, la unión en defensa de la autonomía de los pueblos. Nuestros territorios y pueblos sufren la violencia y represión del entramado y complicidad existente entre las grandes corporaciones colonizantes, gobiernos y clases dirigentes, los medios de comunicación hegemónicos todas funcionales a un modelo de producción extractivista, capitalista, racista y patriarcal que mercantiliza y atenta contra la vida. (…) En función de todo esto nos cuestionamos nuestra lógica de consumo y declaramos que nuestros cuerpos y territorios no son objeto de conquista. Todo esto lo declaramos desde Chubut como territorio de resistencia, está Patagonia rebelde que le dijo no al basurero de Gastre, no a la mina en Esquel y en toda la provincia. Declaración del Colectivo de Mujeres participantes del Taller «Mujeres y Medio Ambiente del Encuentro Plurinacional de Mujeres que tuvo lugar en Trelew (Chubut), 2018.

 

El documento titulado “Las mujeres decimos NO a los intentos de conquista de las corporaciones mineras” cuestiona los impactos ambientales y sus efectos en el territorio, pero además de un modo más amplio, se posiciona críticamente frente a los modelos de desarrollo. También alerta sobre las estrategias adoptadas por las empresas para incluir dentro de sus prácticas “socialmente responsables”, acciones que promuevan la igualdad de género:

 

No es casual que la minería pretenda cambiar su imagen en Argentina con políticas de “igualdad de género e inclusión”. Repudiamos esta estrategia de “maquillaje feminista” al extractivismo, publicitada a su vez por los medios hegemónicos, que consideramos una respuesta perversa ante la organización y toma de conciencia que generan las mujeres en sus territorios avasallados. Las consecuencias sociales y ambientales de la megaminería, que atentan contra la integridad y salud de miles de mujeres en el territorio nacional, no serán “ocultadas” bajo la fachada de crecimiento y de participación de mujeres en las empresas mineras. (op. cit)

 

La movilización feminista que alcanzó mayor masividad a partir del 2015 en Argentina representa un proceso abierto dota de nuevos sentidos a las resistencias territoriales al extractivismo.

 

Consideraciones finales

La sobreexplotación de los bienes de la naturaleza acontece en una escala que nuestro planeta nunca vio antes, haciendo sustantiva la idea del Antropoceno, la era marcada por el gran impacto humano en el ambiente (Sassen, 2015). Desde los territorios del sur global, las resistencias contra el neoextractivismo dan lugar a conflictos en los que es posible se ponga en cuestión no sólo un determinado megaproyecto sino también el modelo androcéntrico y patriarcal de desarrollo basado en la conquista y explotación destructiva. El conflicto que se produce por el arribo de la megaminería a la provincia de La Rioja alerta sobre la necesidad de repensar los modelos de desarrollo en una nueva clave.

En el Valle de Famatina, a pesar de las asimetrías de los actores involucrados, la activa intervención de las mujeres impidió el inicio de la explotación por parte de diversas empresas. Este logro de las asambleas sostenido en el tiempo puede ser explicado por dos motivos. Por un lado, se registra un involucramiento de las mujeres que no sólo se destaca en términos numéricos sino también por el posicionamiento que asumen. Razones vinculadas con los roles y las identidades de género asociadas históricamente a una cultura del cuidado (Puleo, 2011) hacen que, a partir de la preocupación por el agua, en tanto la megaminería es una actividad hidrointensiva, se opongan a la explotación. En este sentido, el vínculo histórico que confinó a las mujeres al trabajo reproductivo, hace que posean una relación estrecha con los bienes comunes lo que las posiciona en una situación de valoración social diferencial del territorio (Svampa, 2016) en la que la noción de ecodependencia se impone por sobre otras lógicas androcéntricas de dominación.

Por otro lado, existen una serie de elementos propios de la dinámica socioeconómica provincial que promovieron que actores que se pronuncian en contra de la minería en otras provincias, debido a su particular vínculo con el sistema político y económico, no lo hicieran en el caso riojano. Desde las asociaciones de productores a otras instituciones tradicionales, la conducción masculina de las mismas, no se expresó –a excepción de momentos puntuales del conflicto– en forma pública en oposición al proyecto. En este sentido, las mujeres como sujeto político tuvieron un mayor protagonismo en aquellos escenarios en los que los actores tradicionales no fueron predominantes.

 

A partir de los procesos de organización de carácter asambleario, las praxis ecofeministas contribuyeron a evitar la profundización del modelo neoextractivista brindando, además, elementos que permiten repensar desde la reciprocidad los proyectos de sociedad deseada. El involucramiento de las mujeres y comunidades en cuestiones vitales que afectan profundamente los derechos humanos, sociales, territoriales y ambientales es fundamental, no sólo para construir sociedades más justas en términos sociales y ambientales, sino para imaginar horizontes de futuro.

 

 

Bibliografía

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Korol, Claudia (2016) “Feminismos populares: Las brujas necesarias en los tiempos de colera”. Nueva sociedad, 265, septiembre-octubre de 2016.

Machado Aráoz, Horacio (2017). “América Latina” y la Ecología Política del Sur. Luchas de re-existencia, revolución epistémica y migración civilizatoria, en: Alimonda, H. Toro, C. Martín, F (coords.). Ecología política latinoamericana: pensamiento crítico, diferencia latinoamericana y rearticulación epistémica. TOMO II. Buenos Aires: CLACSO.

Mastrángelo, Andrea (2004) Las niñas Gutiérrez y la mina Alumbrera. La articulación con la economía mundial de una localidad del Noroeste argentino, Buenos Aires: Antropofagia.

Nuñez, Paula (2011). Distancias entre la ecología y la praxis ambiental: una lectura crítica desde el ecofeminismo, La Plata: Biblioteca Crítica de Feminismos y Género, EDULP.

Poma, Alice (2019). Resistir para existir. Una propuesta analítica para comprender la dimensión subjetiva de los conflictos contra represas desde la perspectiva de los afectados. En Castro, José, Kohan, Gustavo, Poma, Alice y Ruggerio, Carlos (Eds.), Territorialidades del Agua. Conocimiento y acción para construir el futuro que queremos. Red WATERLAT-GOBACIT y CICCUS.

Puleo, Alicia (2011): Ecofeminismo para otro mundo posible. Madrid: Cátedra.

Sassen, Saskia. (2015). Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global. Buenos Aires: KATZ Editores. 

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Sola Alvarez, Marian (2021b) Conflictos en torno al neoextractivismo y respuestas ecofeministas en Silvio Feldman, Mariana Luzzi y Gabriela Wczkykier (coords.) Desigualdades en Argentina: actores; territorios y conflictos.

Svampa, Maristella (2015) “Feminismos desde el Sur y ecofeminismo”. Revista Nueva Sociedad, Nº. 256, marzo – abril, 2015

Svampa, Maristella (2016) Debates latinoamericanos. Indianismo, desarrollo, dependencia y populismo. Edhasa, Buenos Aires.           

Svampa, Maristella y Sola Álvarez, Marian (2010). “Modelo minero, resistencias sociales y estilos de desarrollo: los marcos de la discusión en la Argentina”, Ecuador Debate, Nº 79, Quito.

Ulloa, Astrid (2016) “Feminismos territoriales en América Latina: defensas de la vida frente a los extractivismos”. Nómadas, Nº 45, Universidad Central, Colombia.

 

Otras fuentes

Comunicado de las Asambleas Riojanas, 15/04/2009

Declaración del Colectivo de Mujeres participantes del Taller «Mujeres y Medio Ambiente». Las mujeres decimos NO a los intentos de conquista de las corporaciones mineras. (Trelew - Chubut, 2018).

Ministerio de Energía y Minería de la Nación (2016) “Minería Argentina: lo mejor está por venir”.

La Nación, “El pacto con el "Viborón" y el hechizo de las brujas”, 29/01/12

La Nación, “La Salamanca riojana persiste en el mito y el horror”, 23/04/2016

Página 12, “Una revocatoria en Famatina”, 11/4/2012.

 

Páginas web consultadas

www.facebook.com/salamanqueras/

https://defensoraspachamama.blogspot.com

http://argentina.indymedia.org

www.noalamina.org

 

 

 

 

 



[1] Los análisis y reflexiones que se presentan se enmarcan en la investigación realizada para la tesis doctoral de la autora (Sola Álvarez, 2021a). Una versión preliminar de este artículo se expuso en el 4to. Congreso Latinoamericano de Estudios Urbanos en el eje temático 5: Mirar y habitar la ciudad con perspectiva de género e interseccional. Asimismo, el trabajo fue parcialmente publicado en una compilación que aborda la cuestión de las desigualdades y los conflictos en la Argentina reciente (Sola Alvarez, 2021b).
[2] En este artículo referimos a la actividad minera a gran escala, megaminería o minería a cielo abierto de manera indistinta para aludir a la explotación intensiva de minerales que se lleva a cabo a partir de las voladuras de montañas mediante el uso de explosivos y el empleo químicos que permiten separar la roca del mineral. Al gran consumo de agua que demanda la actividad, que en general en el país se desarrolla en regiones áridas o semi áridas, se le adiciona que muchos de los impactos que se generan son de carácter irreversible, destinados a permanecer a perpetuidad. Adicionalmente, este tipo de explotación supone efectos que son, en apariencia, de alcance local y sobre el espacio físico, sin embargo, sus consecuencias ambientales, económicas, territoriales y sociopolíticas trascienden, incluso, lo que suele definirse como “áreas de influencia” e involucra territorios mucho más extensos.
[3] A nivel nacional, los derechos mineros otorgados alcanzan los 183.000 km² (aproximadamente el 7% de la superficie continental del país) y están distribuidos en 17 provincias, aunque se destacan por su extensión los declarados en Mendoza, San Juan, Santa Cruz y Neuquén (Ministerio de Energía y Minería, 2016).
[4] Como resultado de estos procesos, entre los años 2003 y 2011, nueve provincias sancionaron leyes que prohíben o restringen algún aspecto de la minería a cielo abierto. Entre éstas se encuentran: Chubut, Tucumán, La Pampa, Mendoza, Córdoba, San Luis y Tierra del Fuego. Río Negro y La Rioja promulgaron leyes que fueron derogadas.
[5] La provincia de La Rioja posee muy baja disponibilidad de agua superficial y cuenta con una precipitación media anual de casi la mitad del promedio nacional. El escaso caudal la ubica en el último lugar en la disponibilidad de aguas de superficie a nivel nacional (Boiry, 2008). El aporte de los deshielos de las formaciones montañosas de las Sierras del Famatina es fundamental para el aprovisionamiento de agua para riego y consumo humano.
[6] Desde el arribo de las empresas a los territorios, se observan los impactos asociados a la figura de las mujeres como objeto sexual de la economía masculinizada.  Sobre el proyecto de Minera Alumbrera, en Catamarca, Andrea Mastrángelo señala: “Humillado ante el poder de conquista amorosa que el dinero dio a los empleados de la empresa, un joven sentenció: `los de la 4x4 o te pisan con la camioneta o te cogen a la novia” (2004: 90). La autora advierte que en el caso de los nacimientos que surgieron de la unión circunstancial entre lugareñas y empleados en la mina, los niños reciben el apodo despectivo de “chicos T (T es la inicial de la empresa constructora de parte de los caminos, la planta de proceso y el campamento minero que los empleados llevan impresa en el casco). Experiencias similares relatan en las entrevistas realizadas en la localidad de Guandacol (La Rioja) - próxima al proyecto Gualcamayo (San Juan) – donde, entre otros efectos del proyecto que se desarrolla en la provincia vecina, mencionan el nacimiento de los “mineritos”.
[7] Lina Solano Ortíz, integrante del Frente de Mujeres Defensoras de la Pachamama de Ecuador afirma sobre las consecuencias una vez realizado el cierre de mina: “Cuando el mineral se agota, las empresas abandonan los territorios devastados, dejando dolorosas secuelas para las comunidades y en especial para las mujeres. Si por efecto de la contaminación minera las mujeres se ven afectadas en su salud y/o en la de sus hijas/os u otros miembros de su familia, esto hará que la carga de su trabajo reproductivo aumente, ya que el cuidado de las/los enfermos recae directamente sobre ella”.https://defensoraspachamama.blogspot.com/2015/08/mujer-violencia-e-industria-minera-1.html
[8] Las asambleas se constituyen a partir de una matriz territorial y por esta razón, la conformación de asambleas se vincula con las localidades que se perciben potencialmente afectadas. Junto con la Asamblea de Autoconvocados de Famatina y la Asamblea por la vida de Chilecito, integran las Asambleas Ciudadanas Riojanas las Asambleas de vecinos autoconvocados del Norte Famatinense (Angulos, Campanas, Chañarmuyo, Pituil), Asamblea el Retamo (Nonogasta), Asamblea de los Llanos por la Vida (Olta y Chamical), Asamblea Riojana Capital (Capital), Asamblea de Autoconvocados del Valle de Bermejo, entre otras.
[9] Para profundizar en la caracterización de la provincia puede leerse Sola Álvarez, 2016.
[10]Se trató de un corte de ruta en altura ya que el paraje Peñas Negras se encuentra a 1800 msnm. El corte permanente y selectivo en el camino que conducía a la mina fue sostenido por casi dos años por las asambleas de la provincia, que organizaron un sistema de turnos para garantizar la presencia.
[11]Para más información sobre este tipo de hechos, puede leerse  https://noalamina.org/argentina/la-rioja/item/2543-la-docente-que-enfrenta-a-la-barrick-gold y “La Rioja: Funcionarios de Minería y Ambiente agredieron a Mujeres.”, disponible en: http://argentina.indymedia.org/news/2009/04/665501.php 
[12] Para verificar la vigencia del mito, puede leerse “La Salamanca riojana persiste en el mito y el horror” (La Nación, 23/04/2016).
[13] En las elecciones de 2013, Lucía Ávila fue elegida diputada por la capital en la lista del Frente Cívico. En los años subsiguientes esta tendencia se profundizó: una de las referentes de la asamblea de Famatina, Carolina Suffich fue designada candidata por el partido radical para la diputación provincial y Marcela Crabbe fue electa legisladora del Parlasur, por el partido Fuerza Cívica Riojana.
[14] Las y los vecinos de Famatina impulsaron la revocatoria de una diputada que resultó electa por ese departamento debido a su postura a favor de la megaminería en la provincia. El pedido fue solicitado ante el juez de paz local por más de 1000 firmas de los poco más de cuatro mil habitantes que posee Famatina. La Justicia Electoral de La Rioja validó el proceso de revocatoria popular presentado por las asambleas (Página 12, 11/4/2012).   
[15] Paula Núñez sostiene que el concepto de praxis incorpora a ideas como práctica o conducta una dimensión explícita de conciencia e intención permitiendo diferenciar las actividades intencionadas de las acciones vinculadas a ejercicios rutinarios. De este modo, la praxis presupone la conducta y la acción, pero no se reduce a las mismas, justamente por la intencionalidad o reflexión implícita. En este sentido, la noción de praxis involucra dimensiones más profundas de las acciones, implica un ejercicio de reflexión, una consciencia de problemas y compromiso de cambio, una intervención efectiva en determinados procesos. La autora además señala que la praxis ambiental acontece a partir de reconocer la vastedad de las formas relacionales. En este sentido, señala que éstas no pueden acotarse a la humanidad, porque tanto intención como capacidad de aprendizaje o transmisión de la memoria, distan de ser exclusivos de las poblaciones humanas (Núñez, 2011).
[16] Tomamos la expresión de Ricardo Mercado Luna escritor riojano quien sostiene que la historia provincial está marcada por la existencia de una “cultura de los hechos consumados”, “por los aparentes fatalismos y por la tolerancia cómplice”, no obstante, y frente a los cuales, se levanta la cultura de la resistencia, “una resistencia vigilante y viva” (1991: 18 y 51).

 

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